Sheyla L.
García
El portal a mi niñez
Relatos que cruzaron generaciones y viven en la memoria
El portal a mi niñez es una invitación a viajar al pasado y volver a ser niños a través de las historias que habitan en estas páginas. Son cuentos que han permanecido vivos en la memoria de innumerables generaciones; relatos cuyo origen exacto se ha perdido con el tiempo, pero que continúan viajando de voz en voz y de corazón en corazón.
Han sido contados por los labios de nuestros abuelos, padres y seres queridos, muchos de los cuales quizá ya no estén entre nosotros. Sin embargo, sus voces permanecen vivas en cada historia.
© 2021
© 2021
Sheyla L. García
Nací en Guatemala, en un hermoso y colorido pueblo donde crecí rodeada del amor de mis abuelos, a quienes considero mis verdaderos padres. Desde pequeña desarrollé un gusto especial por la lectura y la escritura; redactar cartas y cuentos era uno de mis pasatiempos favoritos.
Fueron ellos quienes me enseñaron el valor del trabajo, la importancia de soñar y, sobre todo, a buscar el camino de Dios en todo momento. Sus consejos y enseñanzas ha sido el cimiento de la mujer que soy hoy.
Encuentro en esos recuerdos una forma de honrar mis raíces y preservar su legado. Este libro nace desde el amor, la memoria y el deseo de compartir aquello que un día me fue regalado
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El portal a mi niñez
El portal a mi niñez es una invitación a viajar al pasado y volver a ser niños a través de las historias que habitan en estas páginas. Son cuentos que han permanecido vivos en la memoria de innumerables generaciones; relatos cuyo origen exacto se ha perdido con el tiempo, pero que continúan viajando de voz en voz y de corazón en corazón.
Han sido contados por los labios de nuestros abuelos, padres y seres queridos, muchos de los cuales quizá ya no estén entre nosotros. Sin embargo, sus voces permanecen vivas en cada historia.
Este libro busca preservar ese legado, porque los cuentos no pertenecen a un lugar ni a un tiempo, sino a quienes los escuchan, los guardan en el alma y deciden volver a contarlos.
El portal a mi niñez
Capítulo 1
EL CABALLO DE MIL COLORES
Érase una vez una familia formada por mamá, papá y tres hermanos: el mayor, de veintiún años; el mediano, de diecinueve, y el menor, de diecisiete. Vivían en un rancho lejos del pueblo. No poseían riquezas, solo tres caballos, y se dedicaban a los trabajos del campo, pero siempre se les veía muy felices. Los hermanos mayores eran muy unidos, mientras que el menor era solitario, por lo que su papá lo frecuentaba más que a los otros dos.
El pueblo más cercano estaba a una legua de distancia, donde vendían las hortalizas y granos que producían, y donde también compraban lo que la familia necesitaba. En cierta ocasión, el padre fue de compras y se enteró de que el hombre más rico del pueblo ofrecía dos talegas de monedas de oro a quien cuidara de su huerta y descubriera quién se estaba comiendo sus sembradíos. Muchas personas del pueblo ya habían aceptado ese trabajo, pero todas habían fracasado en la captura del ladrón.
Cuando regresó al rancho, le contó a su familia sobre la oferta y la remuneración. Fue así como el hijo mayor pidió permiso para intentarlo. Sus padres, aunque al principio no estaban muy conformes, finalmente accedieron tras varias súplicas, por lo que el muchacho se dirigió al pueblo en busca del hacendado.
Aquel señor ya conocía a la familia y la tenía en buena estima; sin embargo, le negó el trabajo porque consideraba que era demasiado joven para una responsabilidad tan grande, especialmente tras que personas mucho más experimentadas que él hubieran fracasado en descubrir al ladrón. El muchacho, que era astuto, logró convencer al señor para que le diera el trabajo.
—¡Pero solo tienes una noche para averiguar quién es el culpable! —le advirtió el hacendado con tono severo, quien había aceptado el trato debido a la urgencia del asunto.
El muchacho pidió una cobija, azúcar, café, una olla y una botella de tequila, y el patrón le dio todo lo que pidió. Esa noche, mientras intentaba calentarse con la cobija y el tequila, se quedó dormido. El animal llegó, comió lo que quiso y se fue sin ser visto. Al despertar, el joven se dio cuenta de que no había logrado capturar al ladrón y que había fracasado. Desilusionado y con las manos vacías, volvió al rancho; allí relató a su familia lo sucedido, y ellos no le reprocharon, sino que lo comprendieron.
Entonces, el segundo hijo quiso intentarlo también, por lo que no tardó en convencer a sus padres. Una vez frente al hacendado, le insistió hasta que, pese a sus dudas iniciales, le confió la vigilancia de los sembradíos. El patrón le proporcionó los mismos insumos que a su hermano mayor para que pudiera pasar la noche. El joven se prometió a sí mismo que no se quedaría dormido y que averiguaría qué animal llegaba todas las noches a la huerta; sin embargo, a pesar de su esfuerzo por permanecer despierto, el sueño lo venció.
—¡No lo puedo creer! —exclamaba, todavía aturdido y sin explicarse cómo la vigilia se le había escapado.
Volvió a casa con las manos vacías, triste; con el peso del fracaso y una sola pregunta girando en la cabeza: «¿Qué me pasó? ¿Cómo fue que me dormí?». Pasados tres días, el hijo menor se acercó a su padre y le pidió permiso para ir al pueblo a buscar al hacendado, pues deseaba las dos talegas de oro.
El papá, confundido por la petición de su hijo, balbuceó un par de galimatías antes de aceptar la solicitud que aquel joven callado y solitario le estaba haciendo. Pensó que, si había permitido que dos de sus hijos tuvieran oportunidad con dicho trabajo, no podía negársela al otro. Le dio muchas recomendaciones y, finalmente, su bendición para hacer frente a aquel desafío que había resultado imposible para muchos, inclusive para sus hermanos mayores.
El hacendado se resistió de nueva cuenta, pero después pensó para sí mismo: «No tengo nada que perder; al final, no debo pagar nada si no consiguen atrapar al animal». El joven le pidió azúcar, café, una olla, una soga, un kilo de clavos sin cabeza, un martillo y un pan.
Por la tarde se fue a cuidar de la huerta. Ya en la noche clavó los clavos en un árbol a la altura de su espalda, puso el café en la lumbre y, mientras se preparaba, salió a caminar. Daba varias vueltas y luego regresaba a tomar café y a comer pan. Cuando sentía sueño, se recostaba en el árbol; al momento de hacerlo, los clavos le picaban la espalda y lo obligaban a despertar. Entonces se ponía de pie y salía de nuevo a recorrer la huerta.
Alrededor de las tres de la mañana, mientras montaba guardia bajo el árbol, comenzó a escuchar un sonido angelical. La música era tan pero tan relajante que los ojos se le cerraban. El joven luchaba por mantenerse despierto, pero los párpados le pesaban tanto que resistirse era casi imposible. Sin embargo, como cada vez que se recargaba en el árbol, los clavos lo pinchaban, lograba mantenerse despierto. De pronto, la música paró, y el joven salió a dar otra vuelta por la huerta cuando escuchó un ruido fuerte.
Lentamente se acercó al lugar de donde provenía el sonido; preparó la soga y la lanzó. Grande fue su sorpresa al descubrir que se trataba de un caballo. El muchacho lo llevó hasta el árbol junto a la lumbre, lo amarró y esperó hasta el amanecer; aprovechó entonces para dormir un poco. Cuando despertó, descubrió que se trataba de un hermoso ejemplar.
—Eres muy bonito, pero debo entregarte al patrón —le dijo el joven mientras lo acariciaba. El caballo respondió:
—No me entregues y te prometo que nunca volveré a robar de esta cosecha. Si me sueltas, te daré una hebra de cada color de mi cuerpo. Cuando necesites algo, saca una de tu pañuelo, donde las guardarás, y pide lo que desees, pues se te concederá.
Fue así como el caballo convenció al muchacho de dejarlo ir; antes de soltarlo, el joven guardó una hebra de cada color. «¡Mil colores, mil deseos!», pensó para sí. Guardó cada una en su pañuelo, soltó al caballo, y ambos partieron por caminos diferentes.
Cuando se presentó ante el hacendado, le aseguró que el animal ya no volvería a comer de su cosecha, sin mencionarle quién era el responsable ni el trato que había hecho con el caballo de mil colores. Pasados ocho días, y al notar que la huerta no había sufrido más daño, el hacendado le entregó no dos talegas de monedas de oro, sino tres. El joven las recibió felizmente y las entregó a sus padres, a quienes tampoco mencionó nada sobre el caballo.
Gracias a ese dinero, empezaron a vivir con mayor holgura; pero los hermanos mayores siguieron sin relacionarse con el menor. Los días y los meses pasaron hasta que un día su papá les contó que en la ciudad más cercana habría tres días de corridas de toros, y que el rey entregaría cada día una manzana de oro al mejor charro.
Un día antes del evento, los hermanos mayores pidieron permiso para ir; planeaban quedarse en casa de su abuelita. Su papá estuvo de acuerdo y los dos jóvenes se marcharon. En el camino encontraron a su hermano menor, pero como sentían celos de que hubiera conseguido el oro, se burlaron de él y lo golpearon. Cuando el joven llegó con sus padres, lo animaron a que acompañara a sus hermanos a la fiesta. Le dieron algo de dinero y, aunque al principio se negó, finalmente fue detrás de ellos; sin embargo, se hospedó solo, en un mesón para evitar encontrárselos.
Al día siguiente, cerca de la hora del espectáculo, caminó hasta un callejón solitario a las afueras de la ciudad. Sacó el pañuelo donde guardaba las hebras del caballo de mil colores, tomó una y dijo:
—Hebrita de virtud, por el poder que tienes y que Dios te ha dado, deseo que te conviertas en un caballo charro, así como ropa adecuada para mí.
En cuanto pidió su deseo, este se hizo realidad: frente a él apareció un hermoso corcel y el joven cambió sus harapos por ropa elegante de charro. ¡Estaba irreconocible!
Cabalgó rumbo a la plaza de toros, pero al llegar, la entrada ya estaba cerrada. Entonces el caballo habló:
—Sujétate fuerte, porque voy a saltar la entrada.
Todos los espectadores quedaron asombrados al ver a tan hermoso caballo y tan varonil jinete. Además, con su demostración de lazar y jinetear, llamó la atención desde el inicio del espectáculo, y se hizo merecedor de una manzana de oro, que la princesa, hija del rey, le entregó personalmente.
Después de recibir el premio, el caballo y el jinete salvaron de un salto los límites de la plaza, mientras la gente, entre el júbilo y el asombro, se preguntaba: «¿Quién será ese charro?» «¿De dónde vendrá?» «¿Quién será su familia?».
El muchacho se dirigió al callejón donde había dejado sus ropas, con las que se volvió a vestir; se despidió del corcel y caminó rumbo al mesón. Sin embargo, cambió de parecer y, en su lugar, decidió irse a la casa de su abuelita. La dulce anciana lo recibió con mucho amor y ternura, aunque le preguntó:
—¿Por qué te fuiste a un mesón en lugar de llegar junto con tus hermanos? ¿Por qué no fuiste a la plaza de toros?
El joven intentó responder, pero la abuelita estaba tan emocionada de ver a su pequeño nieto que no lo dejaba hablar. Al cabo de unos minutos, llegaron sus hermanos y él se escondió, veloz como un rayo. Así la anciana recibió respuesta a sus preguntas. Los muchachos relataron lo asombrosa que había sido la charreada, sobre todo la hazaña del misterioso jinete y su hermoso caballo. Una vez que cenaron, salieron a dar una vuelta por la ciudad, y el más joven aprovechó para despedirse de su querida abuelita y regresar a casa con sus padres.
Al día siguiente, el joven volvió a la misma hora y al mismo callejón, y pidió el mismo deseo:
—Hebrita de la virtud, por el poder que tienes y que Dios te ha dado, deseo que te presentes igual que el día de ayer.
En cuanto terminó de pronunciar aquellas palabras, el caballo apareció. El joven se cambió y se dirigieron juntos a la plaza de toros, que, una vez más, estaba cerrada. El caballo de mil colores tuvo que saltarla, igual que el día anterior. Los presentes se entusiasmaron al ver nuevamente al hermoso caballo y su charro, así que los recibieron con emoción. Como era de esperarse, ambos capturaron la atención del público con su maravillosa presentación, difícil de superar incluso para los charros más experimentados.
La princesa se acercó a darle la manzana de oro, y el rey quiso platicar con él, pero el apuesto charro se despidió súbitamente, como el día anterior. El joven regresó al callejón, guardó sus ropas y se despidió del caballo antes de ir a ver a su abuelita. Cuando sus hermanos mayores llegaron, él corrió a esconderse y escuchó cómo hablaban del charro y su caballo, emocionados:
—¡Qué buen charro, pero qué buen charro! —repetían exaltados.
En el último día de la fiesta, el joven pidió por tercera vez el mismo deseo. Cuando llegó, las puertas estaban abiertas, pues esperaban al misterioso charro y a su hermoso caballo. El público les aplaudió con cariño y entusiasmo al verlos entrar. Ese día, muchos charros experimentados intentaron robarse un poco de la atención del público, pero este solo respondió a la presentación del hermoso caballo y el apuesto jinete, quien, por supuesto, ejecutaba todo mejor que los demás.
Durante la presentación, un toro corneó a su hermano mayor en la pierna; no obstante, la charreada continuó hasta que el joven se alzó con la victoria. Cuando la princesa se acercó para entregarle la tercera manzana de oro, el rey apareció repentinamente frente a ellos y le dijo al muchacho:
—Sé quién eres, pero un día hice una promesa: quien ganara las tres manzanas de oro, se casaría con una de mis hijas.
El muchacho lo escuchó con fascinación y humildad; le dio las gracias y le dijo que antes necesitaba ir a la casa del joven corneado por el toro. El rey, desconcertado, le permitió irse. El joven regresó al callejón para despedirse del caballo de mil colores, pero esta vez no se quitó el traje. Cuando le dio las gracias por haberlo ayudado a ganar las tres manzanas de oro, el caballo le respondió:
—Siempre que me necesites, háblame.
El charro caminó a la casa de su abuelita para ver cómo seguía su hermano. Estaba a punto de llegar cuando lo alcanzaron el rey y su séquito, entre ellos algunos doctores. La abuelita y los hermanos se sorprendieron muchísimo al verlos entrar, así que mientras los médicos atendían al herido, la anciana y el hermano mediano miraban fijamente al charro, sin reconocerlo. Él, en cambio, se dirigió a su hermano mayor:
—Tienen otro hermano, ¿verdad?
—Sí —contestó el herido.
—¿Por qué no vino con ustedes?
—Porque no quiso acompañarnos.
—¿No quiso? ¿Acaso no se llevan bien con él?
—¡Por supuesto que sí! —mintió el mayor.
—¿Acaso no me reconocen?
—No —respondió, sorprendido ante las preguntas del charro.
Entonces el charro se quitó el sombrero y dijo:
—Soy yo, ¡tu hermano!
Todos quedaron perplejos ante tal revelación. ¡No podían creer lo que escuchaban!
—¿Cómo es que te has convertido en semejante charro? —preguntaron mientras lloraban de emoción.
Sus hermanos le pidieron perdón por haberlo tratado mal; en respuesta, el muchacho explicó que luego les contaría todo. También les pidió que fueran a buscar a sus padres para relatarles los acontecimientos y traerlos a la ciudad, pues quería contar con su presencia durante su boda con la hija del rey.
El hermano mediano partió al rancho mientras el charro, la abuelita y el hermano mayor se dirigieron al castillo con el rey. El herido pronto sanó y no dejaba de disculparse con el menor por su comportamiento pasado. Pronto toda la familia se reunió y comenzaron los preparativos. Al cabo de ocho meses, convencidos de su decisión, los novios celebraron su unión. Fue una boda muy elegante a la que asistieron invitados de toda clase social.
Después de la fiesta, los padres del joven regresaron al rancho y llevaron a la abuelita con ellos. Aunque el muchacho insistió en que se quedaran a vivir con él y su esposa en el castillo, ellos preferían la vida en el campo, ya que se sentían libres en el lugar donde habían vivido toda su vida. Los dos hermanos, sin embargo, se quedaron en la corte; ambos cortejaron a muchachas muy bonitas, con quienes se casaron.
Las tres parejas eran muy felices, igual que el resto de la familia. La esposa del charro y sus hijos, de vez en cuando, también montaban al caballo de mil colores.


